Nos parece
oportuno transcribir parte de este artículo publicado en el Diario El
Cronista, hace aproximadamente dos años, por el Dr. Marcos R. Llambias (h),
(apellido muy
conocido entre los abogados argentinos)
Ha tomado estado
público la pesadilla que causa desvelos, cuando no infartos, a muchos miembros
de la comunidad médica. Los juicios por mala praxis se han convertido en un
provechoso recurso de subsistencia para muchos abogados ávidos de litigio,
conocedores de las falencias del sistema.
Los títeres del arte
de curar, marionetas de obras sociales, hospitales y sistemas prepagos de
atención, hospitales y sistemas prepagos de atención médica trabajan donde y
como pueden. Su responsabilidad social hace funcionar las instituciones y su
irresponsabilidad personal los lleva a exponerse inútilmente. El día en que
ellos, verdaderos médicos por vocación, dejen de pensar tanto en el paciente, en
su capacitación profesional a cualquier costo, en las instituciones para las que
trabajan, y tomen conciencia de lo mucho que arriesgan en cada acto médico, ese
día la atención del país se paralizará. Porque sólo un demente alguien que ha
perdido la facultad de discernir entre la bondad y la estupidez, puede aceptar
la responsabilidad de barajar una vida humana cuando un sistema perverso y
carente en todo sentido no le brinda la seguridad y tranquilidad necesarias para
trabajar como corresponde. Porque el médico que asume la responsabilidad en un
acto quirúrgico, que se somete al estrés de desplegar su arte sobre un paciente
dormido, que asume la lucha contra la enfermedad ajena, que desafía a la muerte
sabiendo que no siempre triunfará y que acepta hacerlo por la vergonzosa
remuneración que el sistema le asigna, ese médico no es bueno, es estúpido, es
alguien que consume toda su inteligencia en el cadalso de su ofrenda personal
hacia un prójimo que no le reconoce el esfuerzo. Agotada su paciencia, ya no
puede ver que un error, aunque involuntario, le puede costar su patrimonio, su
bienestar, su salud. Este suicida altruista figura en todas las cartillas de los
sistemas prepagos de atención médica. Trabaja en los hospitales nacionales,
provinciales o municipales, superado por un aluvión de pacientes que envejece
haciendo colas y recibe atención francamente deficitaria. Deambula por clínicas
y sanatorios juntando monedas para poder subsistir.
Este médico, suicida
por vocación, inteligente para el prójimo y descerebrado para sí mismo, bueno y
estúpido a la vez, responsable ante la sociedad e irresponsable ante su familia,
es la carne del cañón, el centro del blanco de la industria de la “mala praxis”.
Todo abogado sabe que en este sistema perverso, tan carente de recursos, tan
manoseado por inescrupulosos enriquecidos a costa de la salud, el médico es el
“hilo fino” más fácil de cortar, el candidato ideal para exprimir, el ingenuo
más liviano de sacudir para rescatar las monedas que llevan en los bolsillos.
Lo que pocos se han
puesto a pensar, es que , en definitiva este ensañamiento médico, que no
discrimina entre idóneos e incapaces, entre buenos y malos, decentes y
envilecidos comerciantes, es fundamentalmente perjudicial para el paciente. La
comunidad toda empieza a sufrir las consecuencias cuando el médico capacitado,
con experiencia, con reconocido prestigio entre sus colegas, empieza a
“esquivar” la patología difícil, esa donde arriesga mucho y gana poco. El médico
que cuida sus espaldas, discrimina por necesidad. La comunidad toda sufre esta
realidad, al verse privada de la idoneidad y la experiencia de sus mejores
médicos. Porque los mejores, también los más inteligentes, rápidamente ven la
necesidad de dar un paso al costado par no exponerse. Si bien es cierto que
algunos médicos argentinos no están acostumbrados a responsabilizarse por sus
acciones, también es cierto que la inmensa mayoría, no tendría que trabajar en
las actuales circunstancias. Arriesgan mucho sin ganar nada. Porque si un
cirujano tiene que afrontar un juicio por mala praxis, la demanda supera en
miles de veces la remuneración de su trabajo. Una intervención $ 120 puede
convertirse en un juicio de $120.000. Así las cosas, los sistemas prepagos de
atención médica, circular mediante, solicitan a sus médicos fotocopia de la
póliza de seguro suscrita. Ellos, al mejor estilo de Poncio Pilato, pretenden
que el médico, con centavos que le asignan por su trabajo, contrate un seguro de
“mala praxis”. De esta manera, los líderes de la medicina prepaga se cubren de
los errores del servicio que dicen brindar. Logran su cometido sin sacrificar un
solo centavo de sus arcas.
Con los aranceles
vigentes, ningún médico puede asegurarse contra “mala praxis”. Con temor a la
“mala praxis”, ninguno puede trabajar como debería.
El auge de este tipo
de juicios no es culpa de los abogados. Ellos, que son muchos y deben subsistir,
han visto las falencias del sistema que colocan al médico en la primera línea de
fuego. Como frágil fusible de una máquina sanitaria en constante corto circuito,
el médico salta y se quema. Gane o pierda, con o sin justicia, con razón o sin
ella, el médico debe pagar. La sociedad parece ensañada con los encargados de
velar por la salud.
Todos y cada uno debemos ser responsables de nuestros actos. Los
errores deben ser asumidos y la impunidad desterrada. Estos grandes objetivos no
pueden tener vigencia unilateral. La vida del paciente vale tanto como la del
médico. Por el bien de todos, la legislación debe proteger tanto a una como a
otra.
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